viernes, 5 de abril de 2019

NOTAS PARA LA INAUGURACIÓN DE LA CONVENCIÓN INTERNACIONAL DE NUMISMÁTICA; MARZO 2019.

 Por: Salvador Rueda Smithers
Transcripción: Jesús Amín Tejas Carrera,
Delegado de Publicaciones




Muy buenos días tengan todas y todos ustedes.

Es un privilegio estar aquí, en la apertura de la Convención Numismática Internacional número sesenta y ocho. Abusaré de su paciencia unos minutos para referirme a una efeméride centenaria, la de la muerte trágica del caudillo revolucionario Emiliano Zapata. 
Baste, para comenzar, que su paso por la historia dio a la Revolución Mexicana la calidad y sentido de mejora social, transformó con su documento esencial –y más allá de sus propias intenciones—al campo y a los campesinos con la desaparición de las haciendas como unidades de producción agropecuarias dominantes desde el siglo XVI. El Plan de Ayala, ese documento fundacional, abrió la puerta al siglo XX. Hoy pensamos que Zapata movió una esperanza siempre vigente: la de la JUSTICIA como posibilidad en la historia.
Ahora sólo tocaré un par de asuntos, que espero se relacionen con la común inclinación de quienes están aquí: la suma de belleza y utilidad que tan atractiva hace a las monedas y billetes.

Permítaseme, pues comenzar. ¿Por qué Zapata?

Hacia la mitad del siglo XX, el sabio español José Moreno Villa se maravilló de la sustancia histórica mexicana cuando la descubrió en su exilio en nuestro país. Escribió que la “historia de México está en pie. Aquí no ha muerto nadie, a pesar de los asesinatos y los fusilamientos. Están vivos Cuauhtémoc, Cortés, Maximiliano, don Porfirio, y todos los conquistadores y todos los conquistados. Esto es lo original de México. Todo el pasado suyo es actualidad palpitante. No ha muerto el pasado. No ha pasado lo pasado, se ha parado”. Moreno Villa nos enfrentó a la historia mexicana como un inmenso mural, legible y lógico. Pero también a un mural apasionado, en el que sus personajes no dejan correr al tiempo. Y la más frecuente de las esas figuras enormes del pasado detenido es Emiliano Zapata.
Pero ¿está ahí Zapata? De hecho, sí, pero tal vez sea el único que no está petrificado. No está quieto. De todos los habitantes del vasto mural, es tal vez el único que ha hecho del tiempo su naturaleza propia, su hábitat. Ha caminado a través de los calendarios, se ha adaptado a las circunstancias y a los contextos, a los lugares y a las distintas manifestaciones del ser social. Es un personaje insignia: abandera la idea de lo posible en el trasbordo de la historia. Ha dado nombre al principio esperanza de campesinos, de indígenas, de gente del campo, de migrantes, de rebeldes, de obreros, de artistas, de estudiantes, de viejos y jóvenes, de pobladores del campo y de las ciudades, de intelectuales y de los habitantes de ese largo y disímil horizonte que llamamos “clases medias”.
Zapata se ha negado, en actitud excéntrica y distinta a las de otros prohombres y personajes históricos, a ser un cadáver ilustre que ahora cumple cien años. La idea hoy, pues, no es hacer homenaje a su memoria, sino preguntarnos por qué se le recuerda. ¿Qué fue lo que hizo volar a Zapata con las múltiples voces de la fama, aún después de muerto? ¿Qué característica permitió el salto de vivir antes de la historia al ser en la historia?
Podemos adelantar una frase: Emiliano Zapata destaca por su infinita ansia de justicia. Pero no es suficiente, por supuesto: a los héroes mexicanos, en general, les obsesionó ser justos. Tampoco por haber sido un caudillo militar exitoso, pues sus tropas nunca fueron muy numerosas y apenas llegaron a estar magramente armadas… Así que la respuesta debe ser otra.
Fue algo más, con olor a campo. Ya Diego Rivera, en sus primeros frescos, lo imaginó telúrico, ligado a la tierra. En su lugar natal, en Anenecuilco, “se abre la historia de México como una herida”, escribió Gastón García Cantú con lucidez. Sus ancestros, dijo su biógrafo John Womack, llevaban en sus huesos la historia de México, aunque sabemos que sus ojos buscaron arreglar el mundo moderno. También podríamos estar de acuerdo con Luis Cardoza y Aragón, quien afirmó que con el Plan de Ayala nació el siglo XX y que el “brusco poema de Zapata” convive armónicamente con los versos de López Velarde –quien lo combatió--, lo mismo que Sor Juana puede estar junto a Pancho Villa. Pues su raíz y razón tocan muchas vertientes del tiempo, por igual remotas que recientes; y no pocas se proyectan al futuro.
Pero hay una calidad más, y es la que le agradecemos las generaciones que le seguimos: Zapata fue quien le dio el carácter de reforma social a la Revolución Mexicana. Lo que pudo haber sido un sordo conflicto de posturas políticas, o el simple reajuste de las leyes del medio día decimonónico, o la pura cifra de rebeliones populares en el torbellino de un país convulsionado, resultó en un episodio épico que comenzó en 1911 y terminó en 1920: fue el instante de invención de la reforma social, del principio de esperanza como práctica. Esa idea simple, la del bienestar para todos, haría la diferencia, hasta nuestros días, entre unos protagonistas y otros del mural narrativo de nuestros destinos, y entre el acto de gobernar y el arte de gobernar.
Para Zapata gobernar no fue fácil. De hecho, fue su némesis. En el confuso contexto de 1913 a 1916, Zapata tuvo que dictar disposiciones del poder ejecutivo regional. Entre sus preocupaciones estaba la de rehabilitar la economía de su geografía, que pasó de ser el orgullo del progreso de los hacendados porfirianos y cotizar en la bolsa de valores al trueque y a la recolección de las sociedades elementales, arcaicas; en apenas unos meses en 1913, la moneda desapareció de la región de Morelos, junto con su utilidad y valor de cambiario. Zapata aceptó –y en su caso dispuso—la emisión de billetes y la utilización de la plata de las minas guerrerenses de Campo Morado (cuya buena ley sigue siendo legendaria) y de Zacualpan en el Estado de México para acuñar monedas. En otras áreas, se ensayó la emisión de monedas de barro y de recortes de papel con apenas un sello. Vale destacar que sus hombres responsables de acuñación y circulación lo hicieron con la pulcritud a que la urgencia y los recursos les permitían, no sin sentido de la estética y del simbolismo. Siempre, eso sí, con el lema imperdible del zapatismo: Reforma, Libertad, Justicia y Ley. Paralelamente, e inútilmente, echó a andar las modernas haciendas azucareras, que debían vender alcohol y piloncillo para hacerse de dinero y sostener su Revolución.
Las utopías, grandes productoras de documentos, en realidad dejan pocas huellas materiales. Tal sucedió con la que encabezó Zapata. Apenas algunas monedas quedaron de aquella nebulosa intención de forjar un banco de emisión, que se haría institución tangible en 1925 con la aplicación de la Constitución de 1917. De las marcas zapatistas para organizar el mercado casi nada queda. Ese infortunio da importancia adicional a las colecciones numismáticas de estos revolucionarios. Se trata de la prueba, pequeña pero contundente, de una utopía campesina que se esforzó en dominar los horizontes para ellos oscuros de la economía. Las monedas y papeles impresos son sus rastros únicos.
Recordarlos en el contexto del centenario de la muerte de caudillo, deriva en el redescubrimiento y divulgación de los trabajos de un héroe singular y de sus seguidores: estas piezas de metal, algunas de ellas apenas semejantes a monedas, dan fe de los esfuerzos por amueblar su mundo como un mundo justo. Vale la pena pensar en la importancia del soñar despierto en la historia, del valor de la utopía como motor del tiempo: una escritora española contó una anécdota maravillosa sobre la pregunta que le hiciera su hijo: “¿Qué es una utopía? Es algo que está en el horizonte, contestó, y si tú das un paso, ella da otro paso más allá; si das otros dos pasos, ella da dos pasos más… Entonces, ¿para qué sirve? -Pues para eso: para caminar”.
Pero la utopía mexicana de Zapata dio esos pasos hacia realidades inesperadas. Con el movimiento que abanderó el Plan de Ayala comenzaría la extinción de las haciendas como unidades de producción dominantes del campo. Parecería, entonces, que Zapata sí fue su destructor inicial; pero la ecuación no es tan simple. De hecho, en las haciendas estaba el germen de su final: no en su relación laboral ni en materialidad solamente, sino en que su crecimiento comportó una injusticia y, a la larga, una indignidad.
El costo para Zapata fue total: su revolución fue derrotada militarmente, sus seguidores diezmados –literalmente-- y él mismo engañado para matarlo con vileza. El tiempo sería su aliado: como ser humano, murió como vivió, abrazado a la tierra, según escribió Octavio Paz.
Ya dije que las utopías han sido grandes productoras de documentos, pero que paradójicamente dejan pocas huellas materiales. Tal sucedió con la que encabezó Zapata. Apenas algunos vestigios. Pero su paso sí cambió la geografía. Posibilitó la existencia de pueblos y comunidades con personalidad legal; abrió el camino a la reivindicación de los derechos indígenas, reabrió expedientes judiciales que habían dormido desde el siglo XVIII en gavetas y escritorios de los tribunales. Se trata de la prueba, pequeña pero contundente, de una utopía campesina que se esforzó por el cambio social.
Una reflexión final. Quizá yo pueda repetir sin escrúpulo aquella frase de Jorge Luis Borges, que es tanto un deseo como una tendencia: Zapata es un jeroglífico que habrá de incorporarse “a la memoria general de la especie”, más allá de la historiografía solamente mexicana y más allá de la existencia de los idiomas en que han sido escritas sus diversas biografías. Y es que la penumbra de la Revolución fue apenas un fragmento del vasto mural de la historia de México, como bien advirtió Moreno Villa. La revolución de Emiliano Zapata no se trató de la historia de la corajuda lucha entre los pueblos morelenses y las haciendas cañeras en las que hubo ganadores y derrotados; fue la confrontación de dos maneras de ver el mundo, el careo de las culturas mexicanas. Y eso es, precisamente, lo que hoy no queremos que se olvide.

Muchas gracias.